«Me aburro»: las dos palabras que ponen en jaque a cualquier madre o padre

Hay pocas frases capaces de activar tantas alarmas en una casa como un «me aburro».

Lo dicen y, automáticamente, nuestro cerebro se pone en marcha: ¿Le propongo un juego? ¿Le pongo una película? ¿Sacamos las pinturas? ¿Vamos al parque? ¿Cómo puede ser que se aburra si tiene la habitación llena de juguetes?

Pero ¿y si no tuviéramos que hacer nada de todo eso? ¿Y si aburrirse no fuera un problema que hay que solucionar, sino una oportunidad que estamos dejando escapar?


Preferimos una descarga eléctrica antes que aburrirnos

En 2014, la revista científica Science publicó un estudio de investigadores de la Universidad de Harvard y la Universidad de Virginia que dio bastante que hablar.

El experimento era sencillo: los participantes tenían que pasar entre seis y quince minutos a solas en una habitación, sin teléfono, sin libros y sin ninguna actividad que los distrajera. Solo podían sentarse y pensar.

Bueno, había otra opción: pulsar un botón que les daba una descarga eléctrica. Antes del experimento, todos habían probado esa descarga y habían dicho que preferían evitarla.

¿Y qué pasó?

Una parte de los participantes decidió darse una descarga antes que seguir a solas con sus pensamientos. En uno de los experimentos, el 67 % de los hombres y el 25 % de las mujeres llegaron a hacerlo.

Sí, has leído bien. Había personas que preferían darse un calambrazo antes que quedarse un rato sin hacer nada.

El estudio, titulado Just think: The challenges of the disengaged mind, no demuestra que seamos incapaces de soportar el aburrimiento en cualquier circunstancia, pero sí pone sobre la mesa algo interesante: estar a solas con nuestros pensamientos puede resultar mucho más incómodo de lo que imaginamos.

Y, si nos cuesta a los adultos, quizá vale la pena preguntarnos qué hacemos cuando quienes se aburren son nuestras criaturas.

Vivimos en modo entretenimiento permanente

Vivimos rodeados de estímulos. Escuchamos podcasts mientras cocinamos, miramos el móvil mientras esperamos el autobús y aprovechamos cualquier pequeño rato libre para consultar algo, responder un mensaje o ver un vídeo.

En cuanto aparece un hueco, buscamos cómo llenarlo.

El filósofo Byung-Chul Han reflexiona sobre esta relación con la actividad constante, el rendimiento y la dificultad para detenernos en su libro La sociedad del cansancio. Aunque su análisis va mucho más allá del aburrimiento, nos ayuda a pensar en una sociedad en la que parar parece casi una pérdida de tiempo.

Y claro, cuando nuestras criaturas nos dicen «¡me aburro!», muchas veces nos entra la misma prisa que nos entra a nosotros cuando tenemos cinco minutos libres y no sabemos qué hacer con ellos.

Les proponemos un juego, encendemos la tele, organizamos una actividad o buscamos cualquier cosa que consiga que esa frase desaparezca de una vez.

No lo hacemos porque seamos malos padres ni porque estemos criando mal. A veces, simplemente, queremos que estén bien. O necesitamos terminar de cocinar, hacer una llamada o tomarnos un café sin que alguien nos reclame cada treinta segundos.

Y eso también está bien.

Pero quizá podemos empezar a mirar el aburrimiento desde otro lugar.

¿Y si no tuviéramos que rescatarles cada vez que se aburren?

Cuando una criatura se aburre, no significa necesariamente que le falten juguetes, actividades o estímulos. A veces, significa que no sabe qué hacer en ese momento. Y ese momento, aunque pueda resultar incómodo, también forma parte del proceso de descubrirlo.

Porque cuando todo viene de fuera —una pantalla, un juego dirigido, una actividad organizada o un adulto con una propuesta bajo el brazo— apenas queda espacio para preguntarse: «¿Y ahora qué me apetece hacer?».

El aburrimiento puede ser el punto de partida para inventar una historia, transformar una caja de cartón en una nave espacial, observar cómo se mueve una hormiga o recuperar un juego que llevaba semanas olvidado.

También puede que no ocurra nada espectacular. Puede que den unas cuantas vueltas por casa, protesten un poco más y sigan sin saber qué hacer durante un rato.

No pasa nada.

El aburrimiento no garantiza que aparezca una idea brillante a los cinco minutos. Tampoco es una fórmula mágica para desarrollar la creatividad. Pero dejar espacio para la iniciativa propia permite que niños y niñas practiquen algo importante: imaginar posibilidades, tomar decisiones y encontrar sus propias maneras de ocupar el tiempo.

Eso sí, hay una diferencia entre dejar espacio y desentendernos. Acompañar también significa escuchar, ofrecer ayuda cuando la necesitan y tener en cuenta su edad, su cansancio y sus circunstancias. No se trata de prohibir las pantallas ni de convertir cada tarde en un entrenamiento de creatividad.

Se trata, sencillamente, de no sentir que tenemos que resolver cada minuto de su vida.

El aburrimiento también necesita su espacio

A veces, las mejores ideas aparecen cuando dejamos de buscarlas activamente. Mientras miramos por la ventana, caminamos sin rumbo o nos quedamos un rato pensando en cualquier cosa.

Nuestra mente necesita momentos para divagar, observar, recordar y conectar ideas que, a primera vista, no tienen nada que ver entre sí. Y la infancia también merece esos espacios sin una finalidad concreta, sin una actividad que completar y sin la obligación de estar haciendo algo productivo.

Porque no todo tiene que servir para aprender una cosa, desarrollar una habilidad o conseguir un resultado. A veces, el valor está precisamente en dejar que las cosas sucedan.

Quizá la próxima vez que oigamos un «me aburro» podamos respirar hondo antes de activar nuestro servicio de animación infantil a domicilio.

Podemos escucharles, acompañarles y, si lo necesitan, ayudarles a encontrar un punto de partida. Pero también podemos permitir que exista ese pequeño vacío sin correr inmediatamente a llenarlo.

Y, quién sabe, quizá hasta descubramos que no pasa absolutamente nada por aburrirse un rato.

Un libro para mirar el aburrimiento de otra manera

En La Pera Books llevamos meses trabajando en un nuevo álbum ilustrado que nace precisamente de estas preguntas.

Un libro sobre el aburrimiento, sobre todo lo que puede pasar cuando no pasa nada y sobre ese espacio en el que la imaginación empieza a moverse sin que nadie le diga hacia dónde tiene que ir.

Porque nos gustan las historias que no lo explican todo, que abren preguntas y que dejan sitio para que cada lector encuentre sus propias respuestas.

Muy pronto os contaremos más.

Mientras tanto, la próxima vez que alguien en casa anuncie que se aburre, quizá podamos permitirnos unos segundos antes de buscar una solución.

Aunque solo sea para comprobar qué pasa después.

Y si al final acabáis montando una expedición al planeta de los cojines del sofá, pues mira, tampoco está nada mal. 🍐

Regresar al blog